Hace falta un milagro o La venida del papa tocayo

Jorge Mario Bergoglio llegará a Cuba con el mismo mensaje de misericordia que lo ha acompañado como lema desde que era obispo y cardenal en Argentina. Aunque eso no le impidió en 2010 calificar? como “la pretensión destructiva al plan de Dios” el hecho de que las personas homosexuales pudiéramos formar una familia y adoptar niños.

Por Francisco Rodríguez Cruz

Me prometí a mí mismo no involucrarme tanto emocionalmente como la otra vez con la llegada de un tercer papa a Cuba. Paquito el de Argentina, o el de Roma, si lo prefieren, despierta sin dudas mucho más simpatías en el mundo y en nuestro país que el pastor alemán anterior. Pero de todos modos, en relación con la venida de Francisco hay conceptos y posicionamientos para el activismo LGBTI en la Isla a cuya clarificación me gustaría al menos intentar contribuir.

La mayoría de mis consideraciones acerca de la próxima visita del sumo pontífice de la iglesia católica me las acaban de publicar en El Toque, comentario que aquí también reproduzco.

Solo me gustaría añadir algunos datos adicionales que reafirman mi convicción sobre la pertinencia de que las personas lesbianas, gais, bisexuales, trans e interesex de Cuba nos mantengamos al tanto del discurso eclesial sobre las relaciones familiares, por las consecuencias que esto pudiera tener para nosotras en el corto y mediano plazo.

De hecho, luego de la estancia en Cuba el líder religioso continuará su gira con una visita a los Estados Unidos, donde la prensa ya reporta ciertas tensiones en la organización del Encuentro Mundial de Familias en Filadelfia, por la escasa participación que tendrían las personas LGBTI católicas, y la exclusión de grupos que defienden al matrimonio homosexual, legalizado en toda la federación norteamericana desde junio último mediante un histórico fallo de la Corte Suprema de Justicia.

Tampoco las tendrá fácil el papa en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, cuyo Consejo de Seguridad por primera vez en la historia analizó a fines de agosto último los derechos de las personas LGBTI, al escuchar en sesión informal los testimonios de un ciudadano iraquí y otro sirio que debieron huir de la persecución del grupo extremista Estado Islámico (EI) por su orientación sexual.

Todo esto servirá como preámbulo a la continuación del enconado debate católico interno en la asamblea general ordinaria del sínodo de obispos, que ocurrirá del 4 al 25 de octubre próximos y también abordará “la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. Al finalizar ese cónclave, previsto incluso para una mayor concurrencia que el sínodo extraordinario de octubre de 2014, mi tocayo Francisco debe emitir una exhortación apostólica conclusiva sobre el espinoso asunto.

En conclusión, para que el papa asumiera una posición de respeto verdadero hacia todas familias; para que respaldara la igualdad de oportunidades entre las personas heterosexuales y las lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersex; para que anunciara el inicio de un cambio en la iglesia católica hacia la aceptación de las diversas orientaciones sexuales e identidades de género como un derecho humano universal, haría falta que durante la estancia de Francisco en Cuba ocurriera un milagro.

Y como ustedes saben, soy comunista y ateo: no creo en los milagros.

A continuación, el texto que me publicó El Toque:

El Papa y la diversidad sexual en Cuba

El programa de la visita en la Isla incluye saludar a los jóvenes en La Habana y un encuentro con las familias en Santiago de Cuba, entre otros discursos y homilías donde es muy probable que exponga la visión de la Iglesia Católica y sus puntos de vista personales sobre cómo deberíamos comportarnos en nuestras relaciones humanas.

Desde el comienzo de su pontificado, Bergoglio atrajo la atención por sus posturas renovadoras y progresistas en torno a diversos asuntos sociales y políticos que inquietan hoy a la humanidad. Pero parece estar lejos todavía de reconocer plenamente a la diversidad sexual y a todos los tipos de familias, de manera que lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersex (LGBTI) tengamos los mismos derechos que las personas heterosexuales.

Su famosa frase de 2013, cuando declaró “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”, para no pocos activistas LGBTI fue solo una hábil reafirmación de la doctrina cristiana: Dios no rechaza al pecador, pero sí de modo inflexible lo que la iglesia considera pecado. Ese razonamiento, por supuesto, no es suficiente garantía de justicia y equidad ante la sociedad y la ley.

El sínodo extraordinario de obispos sobre la familia que tuvo lugar en octubre de 2014—hasta ahora una de las principales iniciativas de Francisco que permitirían intuir alguna evolución suya en este aspecto— lanzó otra importante señal: el punto de su documento final sobre el tratamiento pastoral hacia hombres y mujeres homosexuales fue uno de los tres que no obtuvo los dos tercios de los votos requeridos, por parte de los casi 200 obispos con derecho al sufragio en ese encuentro.

Las desavenencias, escarceos y prejuicios de la Iglesia Católica en relación con los derechos sexuales parecieran no ser muy diferentes, paradójicamente, de los que vivimos en un Estado socialista y con un Partido Comunista en el poder, el cual luego de permitir, alentar y hasta aplicar políticas homofóbicas durante décadas, no fue hasta el 2012 que adoptó como uno de sus objetivos de trabajo el enfrentamiento a la discriminación por orientación sexual.

El sumo pontífice vendrá a un país donde el respeto a la libre orientación sexual e identidad de género todavía es un asunto que pugna por trascender a los meros planteamientos generales y las campañas educativas para tratar de concretarse en políticas públicas y decisiones jurídicas. Falta reformar, por ejemplo, la anticuada ley de Código de Familia que data de 1975, cuyo anteproyecto permanece desde hace más de un lustro en un reacio closet gubernamental.

Resulta muy improbable que durante su estancia en la Isla alguien importune al Papa Francisco con los reclamos de la comunidad LGBTI. Sobre todo si tenemos en cuenta que, según le escuché en mayo de 2014 a quien fuera representante de la Cancillería ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra, la postura oficial del gobierno cubano hasta ese instante había sido —y todo hace indicar que así continúa siendo— no hacer nada en el plano internacional que vaya contra el avance de las políticas inclusivas, pero tampoco liderar ninguna iniciativa al respecto.

Esta línea de (in)acción, que en lo personal me parece bastante poco revolucionaria para una Revolución, lamentablemente es lo que todavía tenemos, a pesar de que desde el 2008 el Centro Nacional de Educación Sexual celebra en mayo de cada año masivas Jornadas Cubanas contra la Homofobia, cuyas ediciones de 2013 y 2014 también tuvieron como eje central a las familias.

En este contexto, quienes somos activistas tendremos que prestar mucha atención a todos los pronunciamientos de Francisco alrededor del tema familiar, en particular por el impacto que pudieran tener sus palabras en la actual coyuntura política cubana, donde la Iglesia Católica emerge como un factor influyente que pudiera retrasar —aún más— el reconocimiento de mayores derechos para la comunidad LGBTI en la Isla.

Disgústele a quien le disguste, habrá que escuchar a Bergoglio desde una perspectiva crítica: al Papa lo que es del Papa; y al activismo lo que es del activismo. Sin que le quitemos al primer sumo pontífice latinoamericano un ápice del mérito que pudiera tener como estadista por su proyección más moderna y radical a favor de la paz y contra la pobreza u otros males sociales, tampoco nos debemos olvidar que no le podemos pedir peras, o boniatos —para que sea más cubana la metáfora— al Papa.

Tomado del blog Paquito el de Cuba

Acerca de proyectoarcoiris

este es un proyecto para promover la visibilidad de la comunidad LGBTQ de Cuba.
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